Un Sueño cumplido en Nyangatom.

      Salimos de Madrid el día 26 de Julio por la noche. Para mí era un viaje muy especial. Hacía tres años que deseaba ir a conocer la primera Misión que David y Ángel iban a fundar en el sur de Etiopía, región fronteriza con Sudán del sur y Kenia, la benjamina de la Fundación Emalaykat. Para mí era un reto, un deseo de conocer de primera mano la manera de llevar a cabo una obra de estas características. Cómo dos hombres solos, en una zona de riesgo, con luchas internas, campamentos de refugiados y conflictos entre tribus agravados por la  escasez de agua, eran capaces de iniciar un proyecto social y evangélico con la sola fuerza de su fe y el empeño en mejorar la situación de los habitantes de la zona.

      Después de dos días de viaje,  vuelo a Addis Abeba, conexión hasta Jinka y cinco horas de todo terreno, llegamos a la Misión ya de noche con la adrenalina a tope y pensando cómo sería lo que durante meses habíamos estado presintiendo o, mejor dicho, soñando.

       Todo voluntariado, con un grupo de gente nueva y normalmente variopinta en edad, características y manera de pensar, hace suponer que uno se enfrenta a un riesgo. Mi experiencia en estos ocho años de cooperación me ha hecho comprender que el reto al que te enfrentas resulta insignificante ante el deseo con el que todo el mundo llega, de ser útil, ayudar y aprender.

        A la mañana siguiente nos despertamos con la ilusión de tomar contacto con lo que nos esperaba.

         Ángel y David nos enseñaron la Misión, y nos explicaron todo lo que se había construido en este año, con el orgullo de haber sido capaces de realizarlo y con la vista ya puesta en lo que se esperaba mejorar y construir en el futuro.

        La Misión del Príncipe de la Paz está situada en lo alto de un paraje idílico, dominando una gran extensión de sabana limitada por  las montañas de Kenia y Sudan del Sur. Aquella primera noche y después de contemplar una puesta de sol espectacular que dio paso a un cielo estrellado, único en África,  creo que todos tuvimos la sensación de haber llegado al fin del mundo y de sentirnos un poco más cerca del cielo.

      El período de adaptación no duró mucho. La ilusión de terminar de construir y  decorar el aula que formará parte de la Escuela Infantil Ekisil (Paz en lengua Nyangatom) nos ayudó a conocernos, al mismo tiempo que empezamos a aportar ideas improvisando soluciones fundamentales para el proyecto. 

       A los pocos días de estar allí, ya empezó a tomar forma lo que todos habíamos soñado. El aula de la escuela, de 7×5 metros,  con un tejado de uralita que sería en el futuro recubierto de paja, se pintó de blanco, y poco a poco las paredes fueron decoradas con un gran globo terráqueo en el que África se veía en primer término pintada de verde. Rodeando el globo, a un lado la luna con estrellas y planetas y al otro un sol radiante con alguna nube azul. En la pared opuesta, un paisaje muy naïf con acacia, cabra y mañatas incluidas. También pintamos letras y números con colores brillantes y una pizarra inmensa que hizo David con cemento y mucha paciencia. El exterior en amarillo y burdeos pronto se distinguió en el paisaje como una bandera de nuestro proyecto.  Ese fue el resultado final del que todos estuvimos muy orgullosos y ante el que los niños Nyangatom quedaron asombrados.

      Nuestro trabajo en Kakuta, que era donde estaba la escuela, consistía también en relacionarnos con los Nyangatom de los diferentes poblados. Los niños eran nuestro objetivo  principal. Queríamos que nos conocieran, que nos vieran como amigos y así la escuela empezara a ser, aún sin estar operativa, un punto de encuentro en la zona con el fin de reforzar el contacto que ya existía con Ángel, David y la Misión. 

       Las primeras experiencias fueron magníficas y los niños, en cuanto veían el coche llegar, se acercaban a saludar y poco a poco también aparecieron las madres. Al cabo de unos días, jugábamos juntos y enseguida nos dimos cuenta del lujo que supone para cualquier profesional de la educación o cualquier persona con vocación de serlo o haberlo sido, estar allí. Con sus mentes vírgenes aún de cualquier estímulo nuevo, eran como esponjas que absorbían asombrados actividades simples y aprendían y disfrutaban divertidos con nuestras propuestas.

       También resultó para nosotros muy intensa la experiencia de los campos de refugiados de Sudán del Sur. La tragedia de la guerra, el exilio,  las condiciones en las que llevan viviendo durante varios años, y comprobar que  el único deseo que les animaba a seguir era el de regresar y volver a encontrar el país que tuvieron que abandonar. Los misioneros y los voluntarios intentábamos compartir con ellos momentos que les ayudaran a no sentirse tan solos. En dos ocasiones, con una pantalla improvisada y la luz de la batería del coche,  les proyectamos películas. La primera fue la vida de Jesús en lengua Nyangatom. Fue un acontecimiento con el que todos disfrutamos mucho, sobre todo con los aplausos y el entusiasmo que provocaban todos los milagros de Jesús. Creo que para ellos debió de ser una experiencia única e inolvidable.

       La mayor satisfacción que hemos sentido es la de ser útiles, y lo  hemos sido. Esta primera escuelita ya siempre será algo nuestro. Por ello, animo a todo aquel que sienta vocación de ayuda, que comprenda que allí todo el mundo es necesario. Cualquier profesional de cualquier especialidad y a cualquier edad puede aportar ideas y experiencias que seguro serán importantes en los diferentes proyectos a realizar. 

     Una vez leí una frase que decía: “ Los árboles que caen en una isla desierta no hacen ruido, porque no hay nadie para escucharlos”. Esto me hizo pensar en el trabajo de la Misión y en que también nosotros, los voluntarios, tenemos la obligación moral de convertirnos en los oídos que escuchen el ruido de sus obras y las voces que las transmitan.

      Mi testimonio es la consecuencia de sentirme una privilegiada, por haber podido cumplir este sueño a mis 76 años. Espero que el año próximo pueda volver con la misma salud y entusiasmo para poder disfrutar de esta labor tan gratificante y excepcional, colaborando y viendo crecer la Misión Príncipe de la Paz.