Testimonio de Maque, colaboradora en la Misión de Lobur.

Ayer vi la película “El niño que domó el viento”, no había encontrado aun el momento de verla a pesar de que me la habían recomendado muchas veces. Y me gustó muchísimo. En un mundo como el de ahora podría parecer lenta, pero África es así. África tiene otro ritmo, ni mejor ni peor que otros, todo depende desde el prisma con que lo mires. Siempre que leo libros o veo películas africanas siento que entro en ese otro ritmo que he podido comprobar con mi propia experiencia en esas tierras y que a mi me acerca más a la esencia del ser humano. Esta película te muestra, a través de una familia que se nos hace cercana por su amor, unidad y cercanía, al horror de la lucha contra la hambruna y a las dificultades de la agricultura como fuente básica de poder producir alimentos de una manera autosuficiente. Está perfectamente retratado lo que es la supervivencia, las tradiciones, el choque con los nuevos tiempos, la educación, el poder, la dureza del clima y sus repercusiones. Y al final el triunfo de la perseverancia, la confianza y la esperanza.

Viendo la película me iba emocionando por momentos siendo más consciente aun con lo que representa nuestro proyecto de agricultura en Turkana, Surcos en el Desierto (Furrows in the Desert). Los Turkana son una tribu nómada forzada al asentamiento debido a las condiciones climáticas extremas y a los conflictos entre las tribus. Es una región que sufre graves sequías y esto los lleva a vivir en una hambruna crónica y les obliga a una transformación hacia nuevas formas de vida. Han estado sobreviviendo de sus animales a la vez que en las épocas más duras dependen de la ayuda humanitaria. Por eso llegó un momento en que se vio prioritario introducir la agricultura como alternativa para conseguir seguridad alimentaria y una economía familiar que les permita acceder a las necesidades básicas. Llevamos 8 años viendo como van creciendo el número de huertas en toda la región y como van introduciendo verduras y frutas en su dieta. Hay que afrontar muchos retos como es el agua, este es el bien más preciado y necesitado para la vida. El tener fuentes de agua siempre irá por delante de la agricultura. El poder tener pozos asegurados en los diferentes poblados y que permitan tener siempre agua para poder regar los campos es fundamental. Una vez acaban el programa de formación proveemos a los graduados con un kit de regadío por goteo. Esto permite que puedan producir, durante todo el año y no depender de las lluvias, una amplia variedad de verduras y frutas. Otro reto es que vayan introduciendo esa nueva dieta en sus vidas. Los Turkana basan su dieta en lo que les ofrece los animales, o sea leche, sangre, y carne. Su cuerpo no les pide comer unas espinacas, o kale o berenjenas. Todo esto, como ellos dicen, es comida para las cabras. Pero poco a poco y especialmente durante los 5 meses que están en la huerta modelo formándose, las verduras y frutas que plantan y producen, acabaran formando parte básica de sus menús. Además, aprenden a cocinar estos nuevos productos y acaban apreciándolos y llevando todo este nuevo conocimiento a sus comunidades. Con los años van integrando más y más este nuevo concepto de vida en el que priorizan el establecerse en un lugar y hacerse cargo de sus huertos. Y descubren que también es una buena manera de ganar dinero para poder aportar lo necesario a la economía familiar y que los hijos puedan incluso ir al colegio.

Nunca imaginé que mi vida sería tan emocionante. Me siento muy orgullosa de participar en este proyecto de vida junto a la MCSPA.

Maque Falgas colaboradora de la MCSPA en la misión de Lobur.