Las personas que quieran vivir una experiencia así,que vayan con ganas de recoger mucho amor; nos dice Andrea, voluntaria en Mizan Teferi.

Uno de los mejores momentos del viaje fue cuando entramos por primera vez en el Kinder Garden de Mizan Téferi, Etiopía. Volví a revivir mi niñez con las niñas y niños que estaban en el patio: jugamos, cantamos, saltamos, nos abrazamos y me llenaron de besos las manos. Acabé literalmente haciendo la “croqueta” en el suelo junto a ellos y ellas. Miraba y veía sus ojos bien abiertos, como platos, atentos a todo lo que hacía para imitarme. Sus sonrisas me decían que les encantaba el juego al que estábamos jugando y sin hablar el mismo idioma sabía que eso significaba que querían más y más. Tenían una energía descomunal, nos veían y ya querían jugar y yo, sinceramente, encantada.

Por las mañanas cuando nos dirigíamos hacia la guardería, nos encontrábamos con algunos de ellos y ellas y, al vernos, automáticamente nos daban la mano hasta la mismísima puerta. Me encantaba. Me encanta esa parte de espíritu libre, nada prejuicioso y noble que nos enseñaron.

Una parte fundamental del viaje han sido Esther y Sarai, misioneras en Mizan Téferi. Sin su hospitalidad, amabilidad y cariño, estoy convencida de que el viaje no hubiese sido igual. Ya han pasado varios meses desde que regresamos y puedo asegurar que cada día recuerdo nuestra estancia allí y me pregunto cuándo podré volver. Personalmente, considero que dentro de lo que pude aportar a la comunidad (será más o será menos), realmente fueron esas personas quienes me aportaron a mí. Por eso, animo a todas las personas que quieran vivir una experiencia así, que lo hagan y que vayan con la mente bien abierta y con ganas de recoger mucho amor.