En África todo tiene color, sobre todo la gente.

Viajar a otro continente siempre ofrece unas altas expectativas, pero viajar a África es otra cosa. El vendaval de emociones es permanente desde que llegas allí y das el primer paso. Incluso ya de vuelta, durante mucho tiempo, permanece en tu retina todo lo que viste y solo te tranquiliza el pensar que podrás regresar… y confías que las circunstancias te lo permitan. 

Yo, de África, me quedo con los colores. El color es un transmisor de emociones y allí en África todo tiene color, pero sobre todo la gente. Incluso en situaciones que se vuelven duras (tuvimos ocasión de vivir algunas de ellas), ese brillo en los ojos siempre transciende. 

Cada pequeña ayuda cuenta y cada acto allí es un regalo para tu crecimiento personal. Por ello, todos los voluntarios encuentran allí su espacio. Vengas de donde vengas, sepas hacer lo que sepas, siempre hay algo en lo que puedas contribuir. Sin embargo, lo que obtienes a cambo es tan alto que, al menos en mi caso, me hacía sentir egoísta. Quiero destacar la labor que llevan a cabo las misioneras, todas ellas en general, pero la experiencia con Sarai y Esther, con quienes tuve la posibilidad de convivir, deja en mi un recuerdo extraordinario.

Aunque parezca increíble volví con la certeza de que quienes viven allí son personas afortunadas. Su generosidad, su alegría, su color, … les convierte en personas resistentes a cualquier desavenencia de la vida. Y pensé en mí, en mi familia, en mis amigos, y de pronto me vi y los vi grises, vulnerables, pobres emocionalmente.

Pues eso, que me quedo con los colores. Allí todo tiene color y pasión. Cada persona es una bombilla que nunca se funde y cada instante que se vive permanece y deja poso para toda la vida.

Afortunada y muy agradecida de haberlo vivido de la mano de Emalaikat 😉

Mª Luz García Toro