Día 5 de diciembre: Día del Voluntario. «Me llevo Fe,Amor y Búsqueda»

Nunca había visto nada parecido a lo que viví este verano en Etiopía así que, aunque suene a tópico, cuando intento responder a la pregunta “¿Qué es lo que más te sorprendió?” Solo puedo decir que cada una de las cosas que vi allí fueron una sorpresa. 

Yo iba pensando que había cierta separación entre una persona como yo y un etíope, quizás por mi pequeña y estrechita mentalidad occidental, y al llegar, encontré personas a las que me sentí tan unida desde el primer momento que consiguieron difuminar toda esa diferencia que yo, sin quererlo, había puesto en mi mente limitada y en mi endurecido corazón. 

Lo que más me enamoró de este viaje fue la familia que allí me esperaba con los brazos abiertos. La mano tendida de Quebede el primer día que llegué, ofreciéndome clases de Amarico a cambio de Español. La risa contagiosa de Dessy. La entrega de las profes del aula especial y sus besos y abrazos cada mañana, ver cómo abren su corazón a Abebe, Abel, Workine, Isidor, Tadele… en medio de una sociedad que los rechaza. La mirada cómplice de Eriste, las palabras de Dawit, la acogida de Hanna, los abrazos de Sharon. El programa de desnutridos al que tanto mimo pone Henat, las carreras y captura de renacuajos con Gori y José y la inmensa sonrisa de Robin. El brillo en los ojos de Meron , Ashenafi y Melese. El entusiasmo de Tariku, la sencillez de Tachala y las ganas de ayudar de Miki. La generosidad de la pequeña Gennet al partir y compartir un chicle nada mas darselo con su hermana pequeña.

Me quedo con el testimonio valiente de las misioneras, que han entregado su vida y han apostado por ese lugar y por su gente movidas por un amor muy grande, un amor que yo he experimentado, que te sacude por dentro y te invita a cambiar y compartirlo con todo el que se cruce contigo, el amor de Dios; verlas cada día me llenaba de este amor. Lourdes, Luz, Gitaish, Josephine, Sarai, Lemlem … Todas me inspiraron y me invitaron a preguntarme qué estoy haciendo yo con esta vida que tengo, que es un regalo y que es solo una. 

La casa de voluntarios de Mizan Teferi, con esa también me quedo, no por sus dimensiones ni por su letrina última generación, si no por sus puertas abiertas a todos los niños del pueblo que cada día conseguían conmoverme en algún momento. Peter y Ashenafi, me los llevaría conmigo en la maleta. Ir cada día al KG a pintar las clases y tener a Tariku esperándome, ¿Cómo puede alguien transmitirte tanto sin palabras? Mobarik, nuestro hermanito pequeño, que contó con nosotros como otros mas del pueblo desde que pisamos Mizan, siempre con Ramet en brazos. Los niños de las clases de inglés…. algunos con tantas ganas de aprender como Hammer o Fkram. Avilo con su hermano de ojos saltones. La amistad de Fayise, que se abrió con nosotros los voluntarios regalándonos su mejor versión. 

En definitiva, lo que se queda conmigo y lo que no me dejó de sorprender son las personas que se cruzaron en mi camino y que son la razón primera por la que no me planteo la posibilidad de no volver aunque el viaje no fuese siempre fácil. Su sencillez y bondad a pesar de las historias tan duras que llevan a cuestas y la felicidad que se respira estando cerca suyo, me hacen darme cuenta de lo equivocada que estoy en tantas ocasiones en que me ahogo en mi perfeccionismo esclavo, ese que la sociedad de consumo y egoísmo consigue introducir en nosotros con tanto éxito. 

Me gustaría afirmar que este viaje a Etiopía me ha cambiado o, al menos, ha despertado algo en mí que no conocía. Es imposible que algo dentro de mí no haya cambiado al descubrir la realidad que allí vi, al mirar cara a cara a la pobreza y al sufrimiento físico del que no tiene qué llevarse a la boca. Es imposible que no me taladre en la cabeza la idea de por qué ellos y no yo, por qué ellos tienen una casa sin baño, un solo par de zapatos, mucho frio por la noche…. y por qué yo no. Si Dios nos ama tanto ¿Por qué permite eso?… Y ¿Cómo voy a seguir viviendo igual ante la realidad de que aquellos que tanto me han dado este verano en Etiopía sufren? Siento que si algo no cambiara en mí y en mi vivir significaría que mi corazón ya no se conmueve con nada ni con nadie, que es incapaz de amar, y eso me da mucho miedo. Sin embargo, aún con muchas dudas y muchas preguntas que me temo solo resolveré en el cielo, estaría ciega y mentiría si no admitiera la claridad con la que pude distinguir el rostro de Dios en las inmensas sonrisas de esas mismas personas que sufren, en su fe; ellos no dudan de Dios y, si eso es así, ¿cómo voy a dudar yo? Son vida, son felicidad en mayúsculas, son corazón y alma pura, son Jesús que se muestra y viene a verme.

Lo que mas me costó, y me sigue costando aún, es intentar poner un por qué a  todo lo que vi en aquel rincón Africano. Me costó encontrarme tan pequeña ante la generosidad tan inmensa de aquellos que no tienen nada y te lo dan todo, y reconocerme tan lejos de su humanidad y sencillez. Me costó horrores y me cuesta afrontar la realidad, entender que en el mundo existe lo que yo vi. El miedo se apodera de mi al pensar que muy probablemente la indiferencia me ganó la batalla en alguna ocasión y ciertas imágenes y realidades pasaron por delante de mis ojos sin yo verlo realmente. 

En definitiva, si tuviera que elegir tres cosas que me llevo de mi verano en Etiopía son las siguientes:

Me llevo FE. Un domingo tuve la ocasión de ir a la Liturgia de la Palabra en Mizan Teferi en la pequeña iglesia católica que hay en frente de la casa de las misioneras. Son poquitos los católicos, pero tienen una comunidad preciosa. En un momento dado me descubrí con lágrimas cayendo por mis mejillas al ver el fervor con el que rezan y cantan todos allí, poniendo el corazón. Descubrí que yo quiero que mi fe sea como la suya, pese a todo, como una roca. Me sentí muy afortunada de poder unirme a esa oración tan sencilla y tan perfecta. Nunca olvidaré las palabras de Sarai… “Aquí nadie se plantea no creer, todos tienen fe”.

Me llevo AMOR, sí, AMOR con MAYÚSCULAS. Amor de aquellos que nos han querido sin saber nada de nosotros, de los sencillos, de los niños. Amor que se concreta en actos como el de Mobaric al invitarnos a su casa y preparar toda una celebración para nosotros, porque nos quiere. Amor como el de Joseph suplicando que nos quedáramos y no nos fuéramos. Amor como el de Tariku esperándome todas las mañanas para lijar juntos las paredes del KG. Amor como el de todos los voluntarios que dedican su tiempo y su esfuerzo e invierten parte de su vida en un proyecto tan bonito como este, de ellos también he aprendido a amar. Amor el de mi amiga Ceci, que un día pensó que llevarme a Etiopía y compartir conmigo esta experiencia que es probablemente de lo mas grande que tiene era una buena idea, por ser generosa, por pensar en mí y hacerme el mejor regalo que pudiera imaginarme. Amor que te sacude por dentro, te llena el corazón y te invita a cambiar todas esas cosas que están podridas en nuestro interior, esas que no identificamos hasta que alguien nos muestra como se ama de verdad. 

Me llevo preguntas sin respuesta, incertidumbre, dudas, ganas de encontrar el para qué de mi presencia aquí en el mundo. Me llevo BÚSQUEDA y me llevo el recuperar mis ganas de buscar, de no acomodarme, de intentar ser mejor, de servir a los demás que es donde encuentro felicidad de la buena, de la que no dura solo un ratito. Muchas ganas de volver e intentar hacerlo mucho mejor cuando vuelva y no desaprovechar ni un minuto de los que la vida nos ofrece. Ellos no lo hacen, viven intensamente. Me llevo desazón y un buen tortazo en la cara pero también me llevo esperanza y ganas de poner mi granito de arena y sumarme a aquellos que “quieren cambiar el mundo”.

Maria Álvarez