Arte en Muketurri

Quien nos iba a decir en marzo de 1992, cuando Paloma y yo nos conocimos en New York, que nuestra amistad perduraría en el tiempo y que juntas íbamos a vivir una de las experiencias más intensas de nuestras vidas.

En uno de mis viajes a España me presentan el proyecto de la Fundación Emalaikat. Me hablan de Lourdes, de la Comunidad Misionera de San Pablo Apóstol y de la labor que lleva a cabo en Muketuri, Etiopía. 

La base de su proyecto se encuentra en el Centro Educativo Materno Infantil San José, concebido para educar y alimentar debidamente a niños entre 4 y 6 años y enseñar a las madres a hacerlo. Para ello cuentan con un pozo de agua, un huerto que les abastece de vegetales, en el que imparten clases de agricultura a las madres, gallinas que les proveen de huevos y doce vacas que les proporcionan la leche necesaria para que los 350 niños que asisten al centro reciban una alimentación equilibrada.  

Me enamoré del proyecto y quise participar, así que pedí que me incluyeran en el grupo de amigos de Madrid que recaudan fondos para enviar leche maternizada, mantener a alguna de las vacas, comprar gallinas o colaborar en lo que Lourdes diga que hace falta.

Durante un año no me quité Etiopía de la cabeza, quería hacer algo allí y yo soy profesora de arte. Mi vida es el ARTE. Está demostrado que la creatividad junto con la nutrición y la educación favorecen el crecimiento de los niños así que estaba dispuesta a enseñar arte y ayudar a que los niños de San José pudieran experimentarlo y disfrutarlo.

Mi objetivo era pintar un mural en una de las fachadas de la escuela con el tema “flora y fauna del lugar” en el que participaran los alumnos y todo el personal docente y no docente del centro, en el que todos se sintieran identificados y unidos por el arte.

Así que me puse a trabajar para conseguir que Paloma me acompañara en esta aventura y lo hice, lo hice tan bien que se nos unió en la expedición Xana, otra amiga del grupo de Madrid que sabíamos que aportaría inteligencia emocional y cordura al viaje. Tres amigas con diferentes habilidades y energías y la ilusión de conocer el proyecto “in situ”.

Viajé desde Santa Fe, mi ciudad, donde resido en Argentina, hasta Madrid con dos maletas llenas de golosinas y alfajores que mis amigos argentinos donaron para llevar a los niños de Muketuri.

En Madrid con ayuda del grupo llenamos seis maletas de leche en polvo, ropa, rodillos, brochas, pinceles, ganas de contribuir con algo bueno y sobre todo mucho amor.

Nuestro primer destino fue Lalibela, queríamos conocer la llamada Jerusalem de África, un enclave perdido en las tierras altas del norte de Etiopía que ha permanecido incomunicado durante siglos, hasta hace apenas dos décadas y que alberga una docena de iglesias talladas en roca viva en bloques bajo el nivel del terreno que continúan en activo celebrando los rituales que se hacían en el siglo XII. Fue todo un viaje al pasado.

Visitamos las iglesias y nos mezclamos con esa comunidad extremadamente humilde en todos los sentidos y niños viviendo en extrema libertad quizás demasiado extrema. No dudamos en abrir nuestras maletas y empezar a repartir golosinas en cada caminata que emprendíamos. Caritas sucias y ojos de felicidad al sentir un saludo o un abrazo…

Fueron dos días intensos, incluso nos vimos en una de esas iglesias enterradas,  participando del funeral de algún vecino ilustre de Lalibela (por lo fastuoso que era), entre la multitud de una comunidad vestida de blanco que entonaba cantos y oraciones. Impactante.

Durante todo el viaje tuvimos muchas anécdotas, solo os contaré la más escandalosa, que fue entrar en el país sin visado, no porque no quisiéramos, sino que por falta de entendimiento no lo hicimos a tiempo (el desconocimiento del idioma puede jugar malas pasadas), así que al abandonar Lalibela los militares que custodiaban el aeropuerto retuvieron nuestros pasaportes durante una hora interminable. Finalmente nos los devolvieron, después de tomar nota, con nuestro compromiso de tramitar los visados una vez que llegáramos a Adis Abeba, donde por supuesto nos estaban esperando para el trámite.

Fue un vuelo corto que me hizo recordar imágenes de la serie “Daktari” que veía cuando era pequeña o de “Memorias de África”, sentí emoción absoluta al contemplar el esplendor de ese paisaje virgen de sierras ondulantes cargadas de vegetación. 

En Adis Abeba ya con visado, nos esperaba una combi que nos llevaría a comprar la pintura necesaria para el mural. Nos costó bastante conseguir los cinco tarros de pintura de colores primarios, fueron dos o tres horas bajo la lluvia y el calor húmedo de la capital, pero lo logramos, eso sí, cada color en una tienda diferente.

Seguimos nuestro viaje destino a Muketuri, un trayecto lleno de pequeños poblados a pie del camino, con gente caminando por la ruta, mujeres cargando bidones de agua amarillos, niñas llevando a sus hermanitos atados a la espalda, hombres con burros portando leña…

Me llamó la atención el ganado que pasta en esos campos curvilíneos de pastos verdes, es de porte más pequeño al que yo acostumbro a ver en Argentina.

La llegada San José fue emocionante, lo habíamos visto en tantos videos y fotos y estábamos ahí, justo llegamos a la hora de la salida de los niños que nos saludaban y sonreían. Tan ordenados en filas, tan felices. 

Paloma y Xana conocían personalmente a Lourdes, pero yo no, aunque la reconocí enseguida, de mi edad, con una larga trenza (como yo solía llevar hace tiempo) rodeada de madres con niños que le hacían peticiones. Nos estrechó en un abrazo de bienvenida y dejamos nuestro equipaje lleno de regalos en la sala de maestras.

Seguidamente, después de recorrer las instalaciones, las aulas, el aula-diferencial para niños con discapacidades motrices y neurológicas, el huerto, el establo, el gallinero, la cocina y los baños llegamos al comedor y nuestro primer almuerzo comunitario.

En la mesa éramos unas quince personas, que fuimos presentándonos al resto: un equipo de jóvenes nutricionistas y voluntarias valencianas, comandadas por una gran misionera de corazón, Mary Olcina, maestras del centro y otros voluntarios antiguos alumnos de San José, resultado de la gran labor llevada a cabo en el centro en sus diez años de vida.

Al llegar mi turno de palabra, conté que nuestro objetivo era llevar Arte a los niños, que lo conozcan, experimenten y disfruten, y como reconocimiento al finalizar la experiencia compartiríamos con ellos golosinas y dulces, poco conocidos o nada por ellos.

Nuestro alojamiento fue en un hostal de camioneros “estilo motel del oeste norteamericano”, es decir, una especie de bungalow que con suerte podía estar dotado de WC, lavabo o ducha y en su defecto provisto de un orinal de plástico. La luz y el agua no estaban asegurados en el precio. 

Por fortuna la casa de las voluntarias estaba a un kilómetro del hostal así que durante nuestros días en Muketuri invadimos aquella casita a la hora del desayuno y la cena gracias al ofrecimiento a compartir de las voluntarias.  Podemos decir que hicimos las comidas más equilibradas, naturales y nutritivas de nuestra vida y tuvimos la oportunidad de probar el café etíope con su correspondiente ceremonia que nos preparó Tadú, una joven que vivía en la casa de atrás de la de las voluntarias.

Por las mañanas el equipo de nutricionistas partía a las aldeas con Lourdes a realizar los controles de peso y sanitarios a los niños, mientras tanto nosotras trabajábamos en el mural sobre la fachada de la sala de maestras. 

Primero armé con carbonilla un dibujo, de flores, frutos y hortalizas de la huerta y los animales que hay allí. Cardos, margaritas, acelgas, zanahorias, remolachas, vacas, cabritos, ovejas, gallinas, inundaron la pared que remarcaron Paloma y Xana para comenzar a convocar en los días siguientes a cada uno de los 350 niños, profesoras, cocineras y voluntarios del centro. 

Participaron en la realización del mural casi 200 manos de niños y adultos con pinceles y sin pinceles a través de la técnica dáctilo-pintura, colaboraron los niños discapacitados a los que pintamos sus manos para que pudieran sentir el goce creativo del color y el arte.

No obstante, pudimos acompañar a Lourdes a las aldeas de Arkiso y Gimbichu, donde la fundación ha construido, pozos, huertos, cocinas y comedores que gestionan las madres de las aldeas con el compromiso de cocinar y alimentar equilibradamente a los niños menores de 7 años de estos poblados.

Dejábamos el trabajo en el mural y salíamos disparadas con las brochas, pinceles y pinturas para aprovechar la visita de las nutricionistas con Lourdes a estas aldeas y organizar actividades en las que los niños pudieran dejar volar la creatividad y comprobar el surgimiento del color…

Conseguimos cartones sobre los que los niños pintaron, comenzamos utilizando el amarillo, color luz, fuente de energía, pintamos con pinceles y brochas en amarillo, a continuación, sobre el amarillo pintamos en azul y vieron surgir la aparición del verde. 

Manos pintadas en rojo que se estrechaban con manos pintadas en amarillo permitieron ver el nacimiento del naranja y así, partiendo de contactos entre manos, conseguimos nuevos colores.

También decoramos la fachada de una cocina de chapa al más puro estilo expresionista abstracto de Jackson Pollock. Participamos todos, los niños, las madres, las voluntarias, el constructor del comedor, nosotras, Lourdes, incluso el jefe de la aldea se contagió de la locura de color que se produjo en ese día nublado sin sol, cogió el rodillo y pintó la chapa.

Sentir la felicidad de los niños, ante su primera obra de arte, creada por ellos mismos, es una hermosa sensación difícil de explicar. Recibir un alfajor de dulce de leche con chocolate y un puñado de caramelos en reconocimiento a su magnífica labor, créanme es doblemente reconfortante, pero obtener a cambio como premio la sonrisa y el abrazo de esos niños es indescriptible y nosotras tuvimos el placer de experimentarlo.

El agua, ese bien tan preciado posibilitó limpiar manos y pinceles, pero la realidad etíope va mucho más allá. Un pozo de agua significa, casi todo… el agua es vida, es salud, es bienestar.

Enseñar a las mujeres de las aldeas a sembrar, regar, cosechar y cocinar productos de la huerta no sería posible sin el pozo de agua. Tarea que desde hace años la fundación va llevando a cabo con recursos privados procedentes de donaciones, con el objetivo de que cada aldea tenga su propio pozo y en definitiva salvar la vida de muchos niños.

Otro de los proyectos en Muketuri es la Residencia de Estudiantes, que pudimos visitar y asistir a una charla sobre nutrición e higiene que impartieron nuestras amigas voluntarias. Construida gracias a una donación, es otro de los logros de la comunidad misionera, pensada para albergar a chicas adolescentes que en su mayoría vienen de otros poblados donde no pueden continuar estudiando. En esta casa encuentran la oportunidad de aspirar a formarse y acceder a la universidad. 

Y por supuesto el proyecto de niños desnutridos a los que se proporciona leche cada quince días y cereales para completar su alimentación, proyecto por el que empezó toda esta historia, la que nos une al grupo de Madrid que envía puntualmente leche. Sin duda comprobar la necesidad en las caras de esas madres y niños fue una experiencia difícil.

Cinco días en Muketuri nos han sabido a poco, muy poco, el último día comimos todos juntos, misioneras, voluntarios y nosotras. Reflexionamos sobre lo vivido en Etiopia, en cinco días nos sentimos una familia y habíamos combinado un proyecto de salud, arte y amor juntos.

Desde entonces llevamos Etiopía en la cabeza, porque hay que seguir organizando cosas y en el corazón, porque es difícil no quererla.

Pisk Garrote, Xana Blanco y Paloma Cañada